Las mujeres del Papa

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Papa
Jue, 31/08/2017 - 06:53
canal-semana2 En la noche del 1 de agosto de 1974, Jorge Mario Bergoglio pasó arrodillado al borde de la cama de su abuela, esperando a que muriera. A sus 90 años, Rosa Vassallo había perdido casi toda su lucidez, y lo único que la animaba en el hogar geriátrico San Camilo, donde pasó sus últimos años de vida, era la visita de su nieto favorito, Jorge Mario. Cuando murió el hoy Papa le cerró los ojos y la acompañó con una oración. Las monjas del hogar recuerdan que, alguna vez, la abuela orgullosa de su nieto dijo lo que entonces era impensable: “Mi nieto no parará hasta llegar a Papa”. Esta fuerte relación comenzó cuando nació su hermano menor Óscar Adrián, por lo que Rosa se encargó cuidar a Jorge Mario, quien tenía un año. Desde muy temprano desarrolló con ella una complicidad de amigos que los acompañó hasta la muerte. Rosa le enseñó a hablar Piamontés y así Bergoglio supo italiano, que le sería muy útil para su vocación religiosa. Vassallo había desembarcado en Argentina en 1929, después de sufrir la Primera Guerra Mundial y de sentir los primeros pasos del fascismo en Italia. Viajó con Giovanni, su esposo, y Mario, su hijo, a buscar algo de esperanza en América. Traía un cuello de piel de zorro que chillaba en el verano de aquella época, pero nunca se lo quitaba: allí traía los ahorros con los que su familia echaría raíces en su nuevo país. A sus 21 años, Jorge Mario Bergoglio decidió ser sacerdote y Rosa le dijo: “Si Dios te llama es una bendición… Pero por favor, no olvides que la puerta de casa está siempre abierta y que nadie te reprochará si cambias de idea”. Ella, una acérrima practicante cristiana, le decía a su nieto que podía arrepentirse. “Recuerdo muy bien esto porque tengo una especial devoción por mi abuela”, aseguró el Papa en una entrevista con los periodistas Francesca Ambroguetti y Sergio Rubín en el libro El jesuita. Cuando al Papa le preguntan quién es la mujer más importante de su vida, siempre responde lo mismo: mi abuela, Rosa Margherita Vassallo, incluso lo lleva siempre su testamento en el breviario que carga a donde vaya. Pero en la vida de Jorge Mario Bergoglio también hay otras mujeres fuertes. Una de ellas, Regina Sivori, su madre, quien quedó temporalmente paralítica en el parto de cuarto hijo. Era una mujer de gran temperamento y ternura. Todos los días, al llegar de la escuela, Jorge y sus hermanos la encontraban picando papas y con los ingredientes para el almuerzo dispuestos sobre la mesa. Lo que seguía era cocinar en familia. Mario Bergoglio, el padre de Jorge Mario, trabajaba de contador, por lo que ella se encargó del ocio y de los juegos de sus hijos. No solo eso. Regina introdujo a Jorge Mario y a sus hermanos en el mundo de las artes: todas las semanas los convocaba alrededor de un viejo radio a escuchar la ópera e iba explicándoles, como si fuera un cuento de hadas, lo que acontecía en la trama. Ella amaba el neorrealismo italiano y los niños vieron todas las películas de esta escuela y, desde entonces nació en el papa su amor por el cine: “Veíamos de a tres y cuatro seguidas”, cuenta Francisco. Jorge Mario puso a prueba el carácter de Regina cuando decidió ordenarse. Él entonces trabajaba como técnico químico en un laboratorio y para ser sacerdote necesitaba dedicarse solo a la vida religiosa. Pero no podía darle así no más la noticia a su familia: les dijo que abandonaría el trabajo para volverse médico. Regina recibió la noticia extasiada y ordenó la habitación de la planta alta de la casa para que su hijo tuviera allí un espacio para su biblioteca. Algún día, ordenando la casa, subió al cuarto de Jorge Mario y encontró que no había libros sobre enfermedades sino de teología y filosofía. Para entonces, ella ya podía movilizarse de nuevo. Salió furiosa al encuentro con su hijo y le dijo: “¿Por qué me engañaste?”. Jorge, muy astuto, le respondió: “Voy a estudiar medicina, pero del alma”. Su madre no estuvo de acuerdo con la elección: “No sé, yo no te veo –le dijo-. Tenés que esperar un poco. Sos el mayor… Seguí trabajando… Terminá la facultad”. Ella nunca fue a visitarlo al seminario. Sin embargo, con el paso de los años entendió que esa era la vocación de su hijo, y fue ella la primera en ir a recibir su bendición cuando se ordenó sacerdote. La hija menor de Regina, María Elena Bergoglio, es la tercera mujer de la vida del papa, además de la única viva de sus hermanos. Ella cuenta las historias familiares del sumo pontífice y recuerda una bella anécdota cuando ella tenía apenas 11 años y su hermano mayor ya estaba en el seminario. Una vez le escribió una carta que decía: "Yo quisiera que fueras una santita. ¿Por qué no haces la prueba? Hacen falta tantos santos...", todo con el fin de que ella fuera más juiciosa en casa. Además de su familia, otras mujeres hicieron parte importante de la vida del hoy papa. Algunas con aportes pequeños, pero coyunturales como Esther Balestrino, una de sus primeras jefas, quien era comunista y fue asesinada durante la dictadura. Jorge Mario trabajaba en el laboratorio y ella revisaba sus fórmulas. Cuando él le pasaba cálculos sin experimentarlos antes, ella le decía: “Ché, ¡qué rápido que lo hiciste!.. Pero no, hay que hacer las cosas bien”. “Ella me enseñó la seriedad del trabajo –dice el papa-. Realmente, le debo mucho a esa gran mujer”. Otra presencia femenina fugaz, pero decisiva, ocurrió en su juventud. Jorge Mario sufrió una grave enfermedad por lo que le extirparon parte de un pulmón. Y un día pasó por su cuarto, casualmente, una monja que le dijo: “Estás sufriendo lo que Jesús”. Para él esa frase le reveló su vocación sacerdotal. Al papa lo acompañaron otras mujeres cuyas presencias fueron largas y decisivas. Como la de su gran amiga, la jueza de derechos humanos Alicia Oliveira, a quien durante la dictadura amenazaban de muerte e incluso la privaban de ver a su hijo. Pero, aún en esas circunstancias, su amigo Jorge Mario la llevaba escondida en su carro para recoger a su hijo en la escuela. Y fue Alicia quien defendió a Bergoglio por las denuncias que le hicieron por, aparentemente, entregar a dos sacerdotes progresistas a los militares durante la dictadura. En lo que respecta a amores, poco antes de ordenarse el papa tuvo una novia en su adolescencia, pero él prefirió el amor maternal y fraternal de las mujeres. Por Daniela Ruiz Periodista
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